II Domingo del Tiempo ordinario. Comentario bíblico

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FRAY WILMER MOYETONES | Con el bautismo del Señor hemos entrado en el tiempo ordinario. Jesús empieza su vida pública. Una vida que nos va a enseñar realmente cómo debemos vivir: como hijos de Dios, para hacer la voluntad de Dios.

Las lecturas de este día nos regalan un compendio de todo lo que vamos a encontrar a lo largo de este año; en efecto, Cristo Jesús que será siempre el centro de nuestras celebraciones, aparece hoy con estos títulos: el Enviado de Dios, el Mesías, el Siervo, el Hijo de Dios, el Amado y Preferido del Padre, el Señor nuestro… Además, se nos dice sobre Él que «es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29).

Por ello, nuestra vida debe girar en torno a Jesús, el Hijo de Dios, para que nosotros también vivamos como hijos, pues realmente lo somos. Por medio del bautismo hemos sido consagrados a Dios

Asimismo, el profeta Isaías nos pone en consonancia con nuestra condición de hijos. Nos dice que somos siervos y estamos para ser luz para las naciones.  Por medio del bautismo hemos recibido esa responsabilidad de ser siervos, hijos en el Hijo; por eso, debemos ser luz para las naciones. Luz para guiar a aquellos pueblos que viven en oscuridad. Somos un pueblo santo, y tenemos que vivir como bautizados.

En el evangelio, nos encontramos con Juan, que sigue presentando a Jesús.  El mismo Juan preparó el camino. Hoy nos dice quién «es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».

Él ha dicho: «es el cordero de Dios». Como nuestros padres salieron de Egipto, liberados por Dios, con el rito de manchar las puertas con la sangre del cordero. Cada puerta manchada representaba la fidelidad a Dios, por eso cuando Dios pasó delante de ellas, salvó a todas aquellas familias que habían pintado las jambas de los dinteles de su puerta.

Así nos pasa a nosotros cuando venimos a cada Eucaristía. Venimos a llenarnos de esa sangre del Cordero de Dios derramada por nosotros para nuestra salvación.

Hermanos, hemos sido sellados por el amor de Dios por medio del bautismo, para ser hijos de Dios, y por medio de su sangre, para ser los santos, como dice san Pablo hoy a los Corintios: «a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo».

Cada uno de nosotros debemos ser conscientes de esta realidad: ser hijos. Que seamos pues, siervos de Dios y luz para alumbrar a las naciones. Que podamos ser ese rayo de luz para aquellos hermanos que viven en oscuridad. Aquellos que viven en la esclavitud. Asimismo, que podamos ser capaces de derramar nuestra sangre para que otros hermanos alcancen la salvación de Dios.

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