Cuando muere un joven

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Nicolás Vigo | La pandemia nos ha demostrado el fracaso de la era digital sin humanismo, lo mentiroso del entreteniendo engañador, la falacia de las posverdades y ha recordado al ser humano su fragilidad escotada; como diría Kafka, hemos visto a «las voces de mundo, apagándose y haciéndose cada vez menos».

Siempre he defendido que los jóvenes son el hoy. No el futuro. Ellos tienen, apenas, un pequeño tiempo para expresar con hechos, y no con palabras, lo que es su juventud. Los años que tienen para mostrar la plenitud lozana de su vida son cortos, medidos y breves; por ello, si no somos hábiles y generosos para dejar a los jóvenes aplicar en el mundo sus potencialidades; y poner al servicio de los demás, sus capacidades, habremos asistido, sin quererlo, al fracaso más doloroso de la humanidad: la muerte de un joven. Realidad triste e injusta.

Cuando muere un joven es porque se ha hecho viejo. Ha renunciado a la utopía y desterrado de sí, el ímpetu y la pasión capaz de transformarlo todo. El joven muere cuando se ha llenado de tópicos y prejuicios, prediseñados y se ha quedado atollado en el «no se puede, en el «para qué» o en el «siempre se ha hecho así». ¿Qué ha pasado? Penosamente, se ha conformado con repetir la misma historia de los viejos.

Cuando esto pasa, debemos llorar. Hacer un mea culpa, volver a redimir a la juventud avejentada y recordar con detenimiento, aquellos versos de Antonio Machado: «Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar». Nuestra juventud no debe pasar incógnita, introvertida y pusilánime, sino transformando realidades, provocando cambios y decantándose por la verdad, la justicia y la libertad.

Yo apuesto por los jóvenes, por aquellos que van más allá de la espectacularización de la vida, el temor paralizante, el narcisismo digital y la comodidad pasota. Aquellos que no se resignan a quedarse en la segunda fila, sino más bien, se ponen al frente de las batallas y se meten en las trincheras existenciales para defender con su vida, la utopía del Reino de Dios; aquel Reino de Jesucristo que muchas veces es falseado; pero que otras tantas, es reivindicado por el entusiasmo juvenil y por la fuerza comunicativa del Dios, que habla el idioma del amor sincero, la solidaridad franca y la justicia inmune. Sin duda, valores humanos, que liberan y que son capaces de superar todas las pandemias; también aquellas pestes que provocan la esclerosis existencial, personal e institucional, cuando se instalan en la mediocridad complaciente y en la ceguera justificadora.

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