Individualismo conectado

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email

Fray Lucilo Echazarreta |Ya en el 2021, retrocedemos al 2020, un año especialísimo por las implicaciones de la Covid-19 y hacemos un intento de balance final. ¿Qué cuentas, números, haber y debe, sacamos en limpio de este año tan peculiar?

El coronavirus nos ha obligado a buscar dónde están las conexiones de mi laptop y también de mi persona. Para seguir creciendo en época de pandemia, ¿cómo establecer relaciones? Se ha hecho necesario dar pasos urgentes en el uso de los medios para continuar las clases o para seguir acompañando las actividades parroquiales. Por eso creo que un signo representativo de este tiempo puede ser el binomio: conectividad – comunicación.

La conectividad comprende las posibilidades técnicas de interrelación o conexión a través de los medios, mientras que comunicación  personal es la relación comunicativa afectiva y sensible. La pandemia ha hecho normal la antítesis de una soledad vivida en red social. Estas dos realidades contrarias se unen en sus extremos haciéndose paradójicas. En efecto, la soledad se ha transformado en una hiperconexión, el distanciamiento obligatorio ha mutado en una secuencia infinita de zoom o meet que saturan nuestras agendas. Esa es la paradoja: aislamiento-conexión. A severo aislamiento, gran abundancia de reuniones en pantalla. A la soledad obligada, le acompaña la conexión ilimitada. Ha surgido la nueva soledad y el nuevo aislamiento. Ambos tienen el apellido de “hiperconectados”.

Sin embargo, aunque estemos muy conectados y tengamos una gama ilimitada de conexiones, envíos y reenvíos, sabemos bien que eso no significa que vivamos comunicados. Precisamente, ese es el nuevo peligro: considerar que el estar conectados ya es comunicar, cayendo en el engaño de que las muchas conexiones virtuales significan gran comunión de vida y creación de auténtica comunidad. El espejismo ahora consiste en confundir la realidad del afecto y de la relación  personal con el brillo de la pantalla. En la vida de san Agustín se dio un hecho que puede ilustrar lo que decimos. Este santo cultivó una entrañable amistad con san Paulino de Nola, pero dadas las distancias geográficas, la relación solo pudo ser epistolar, nunca se vieron. En la carta 27 le expresa Agustín el dolor  de la distancia y el consuelo de la amistad, diciéndole: “Es maravilloso, pero auténtico, lo que me acaece: me duele el no verte, y ese dolor me consuela. ¿Cómo no me ha de pesar ahora el no poder contemplar tu semblante, es decir, la casa de tu alma, que yo conozco como la mía?” (Carta 27,1).

La búsqueda incesante de conexiones demuestra que el hombre tiene inscrita en su naturaleza la tendencia a la comunicación. Este es el lado positivo. Pero, por otra parte, hay que hacer también una lectura de este fenómeno comunicacional desde la psicología social la cual nos indica  que la línea de tendencias sociales que llamamos modernismo, posmodernismo, sociedad de cambio, cambio de época, con sus conocidos rasgos de globalización, consumismo, postverdad, gran pantalla, sociedad del espectáculo y otros mil fotogramas con que queremos hacer un retrato en movimiento de nuestro acelerado mundo, sigue un surco fijo e inalterable: el individualismo. El avance de esta fuerza supera sus propias metas en su fuga hacia adelante y hoy se habla de hiperindividualismo. Todos los demás ismos o síndromes que van apareciendo en el marco de los últimos decenios –y lo mismo si miramos la historia, especialmente desde la Ilustración- no son sino manifestaciones de esta  línea de fuerza. El individualismo es el ADN de la modernidad. Autores como W. Lipoweski confirman que esta tendencia es la fuerza siempre in crescendo de los últimos tiempos, por lo que denominan a este fenómeno como “hiperindividualismo”.

Siendo esta trayectoria quizá irreversible, cabe pensar que este año el Coronavirus ha fortalecido esta propensión individualista de manera multifactorial: aislamiento social, ensimismamiento  psicológico,  horas de estudio en la pantalla particular, alejamiento de relaciones amigables y, sobre todo, el progresivo convencimiento de que el presente y el futuro ya están caminando inexorablemente por la pantalla y los medios telemáticos, o sea, que los indicadores de futuro señalan caminos de individualismo, aislamiento, particularismo, retiramiento y soledad.

¿Qué línea ha marcado la presencia de la pandemia? Personalmente creo que esta forma social nueva de vida ha remarcado la deriva del individualismo y alejamiento personal. Creo que hemos puesto el piloto de la vida en “modo-aislamiento” o modo “yo-solo”, con el peligro de vivir la desvinculación afectiva como algo normalizado. ¿Cómo lograr que esta línea de tecnificación cibernética, trabajo en casa, y gusto por el aislamiento privativo no dañe a la persona? ¿Cómo lograr que del hombre emerjan todas sus virtualidades comunitarias para no asfixiarse en el yo hermético que crea indiferencia social, síndrome de ansiedad, trastornos psíquicos o signos de desesperación, y cómo hacer para lanzarse de corazón  a una convivencia cercana, que implique las vidas de las personas de forma efectiva y afectiva?

Resulta alarmante el  seguir avanzando en la autopista del individualismo dando incluso un nuevo acelerón a esta tendencia con el tsunami del coronavirus. Atravesamos un puente histórico: estamos dando como bueno este modus vivendi de conectividad mecánica y extrínseca con el mundo a través de la pantalla, y a la vez, aceptamos la desafección con el ser humano que tengo a mi lado como regalo y como tarea.

Contra este peligro, surge una esperanza. La esperanza de que este tiempo nos haya hecho sentir la importancia que tiene la relación personal, el gusto del diario convivir, el esperado recreo bullicioso de los alumnos del colegio, el  canto en la asamblea litúrgica, el esplendor de la rutina y el tráfago del cotidiano trabajo en la ciudad ¿A qué lado inclinará la balanza este embate  del coronavirus, al platillo del egocentrismo hiperindividualista o al de la solidaridad encarnada, al del afecto y apuesta por la ternura?

La tarea educativa en la sociedad, en la familia, en la escuela y en los medios informativos tiene mucho que hacer: no dejar que este bloqueo del coronavirus sea un muro que aísle a la persona, no dar play al camino solitario, no abonar el campo del egocentrismo, frenar el tsunami del individualismo aislacionista. Y en segundo término, abrir caminos para que la persona, niño, joven o adulto, reencuentre su relación de afecto y de vida diaria en la convivencia social, en el persona a persona, y en la relación cercana y afectuosa. En definitiva, seguir educando el corazón. 

Nos seguimos peguntando: ¿Cuál será el platillo que pesará más en esta balanza? La fábula cuenta que el abuelo hablaba a su nieto y le decía: Tengo en mi interior dos fieras que luchan encarnizadamente, una buena que me invita a cosas amables y a buscar el bien; la otra es una bestia mala que lucha contra la buena arrastrando todo  hacia el egoísmo y la maldad. En este momento,  el nieto preguntó: Abuelo, ¿y cuál de las dos fieras crees que vencerá?  A lo que el sabio anciano respondió: La que yo alimente.

Seguimos interrogándonos cuál  va a ser la consecuencia de este extraño tiempo de coronavirus. ¿Nos está haciendo más humanos o más indiferentes y narcisistas? La respuesta del sabio, o de los sociólogos, o de los foros intelectuales y religiosos de estos tiempos nos vaticina lo siguiente: Al que era  aislado, esta pandemia lo ha hecho más aislado y misántropo; al que era cercano, la pandemia lo ha hecho más cordial y fraterno. Al que era ateo, esta pandemia lo ha hecho más incrédulo; al que era creyente lo ha hecho místico  de fe depurada y firme. Al que era individualista, lo está haciendo hiperindividualista. Al que era comunitario y generoso, lo está haciendo más  caritativo y fraterno. La pandemia está performando lo que ya había en cada ser humano.

No son, pues, los tiempos los que son buenos o malos, sino que los tiempos somos nosotros, como explicó san Agustín. ¿Cuál de las dos fieras vencerá en mí?  La que yo fortalezca. Nada nuevo bajo el sol. Esta pandemia, como tantas otras calamidades de la historia, nos ha hecho ver muchas deficiencias humanas y sociales, pero no ha transformado al hombre. Lo que eras, eso eres, el camino que llevabas en tu corazón o en tu mente, ese es el sendero en que has vivido y vives acompañado por el Covid-19. El cambio, pues, no viene ni siquiera desde una feroz pandemia. El cambio verdadero procede solo de un interior profundo.

La deriva individualista puede crecer con la conectividad. Es decir, la mucha conexión no es índice de comunicación humana, incluso es indicio de lo contrario. Es la paradoja que venimos comentando: un hiperindividualismo hiperconectado. Cuidemos el corazón. El rumbo que van a tomar en mi vida las fuerzas externas que me empujan lo determino yo desde mi cabina interior. San Agustín nos invita a ello cuando dice: “Mi amor es mi peso y me lleva adondequiera soy llevado” (Confesiones,13,9,10). Así lograremos un personalismo auténtico totalmente comunicado y comunicativo soñando una comunidad de hermanos no conectados sino comunicados desde la cercanía afectiva, capaz de construir una nueva era de comunión.

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin
Share on email
DESTACAMOS

Visita de renovación en Castelo

Fray Juan Manuel Zanutti – Entre los días 14 y …

Infobae entrevista al Vicario de Argentina por la vuelta a las clases presenciales en los colegios

Infobae| Una buena noticia para los alumnos de Buenos Aires. …

ARTÍCULOS RELACIONADOS
COMENTARIOS