Sembrar esperanza en el miedo, la duda y la desesperación

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Fray Julián Vallejos | El año 2020 marcará un antes y un después en la historia de la humanidad, porque a pesar del avance de la ciencia y la tecnología, los seres humanos nos hemos dado cuenta de lo frágil y vulnerables que somos. En efecto, la Covid-19 fue capaz de hacernos ver que no podemos controlarlo todo. No somos dueños de nada ni de nadie. No nos salvamos solos: necesitamos que nuestros hermanos estén sanos porque si ellos no lo están nosotros tampoco. Esta pandemia paralizó a toda la humanidad desde los países más poderosos hasta los más pobres y débiles, demostrando nuestra fragilidad en toda su magnitud.

Asimismo, esta crisis mundial afectó en gran medida a la isla cubana, sobre todo en la economía y en la alimentación. Los alimentos básicos escasearon y los precios se elevaron a medida que pasaban las semanas y los meses. El sector de la salud también sufrió consecuencias lamentables, la escasez de medicamentos fue pasando factura en los enfermos; nosotros hemos sido testigos de una persona que falleció por falta de medicamento. Toda esta realidad ha influido en el sentir de la sociedad cubana, muchas personas se han visto presas de la desesperación, el desánimo, la pérdida de sentido, el pesimismo, y lo resumen en una frase: «No es fácil».

Esta pandemia también afectó a nuestra labor pastoral, declarada la cuarentena, se cerraron: aeropuertos, estaciones de buses interprovinciales, y con la invitación a quedarse en casa, nuestras celebraciones en las parroquias se fueron debilitando. No obstante, nuestra presencia nunca faltó de las parroquias, con las Eucaristías a puerta cerrada, con un número reducido de personas, tocando las campanas para que la gente se una, desde su casa y, de este modo, estar juntos a través de la oración.

Además, en la Semana Santa el trabajo se realizó en equipo; los frailes, las hermanas religiosas Discípulas del Buen Pastor y una virgen consagrada de la parroquia de Banes. Preparamos los signos y símbolos más representativos de la cuaresma y pascua, convirtiéndose así, la forma de evangelizar y acompañar a las personas, despertando la esperanza que en varias personas estaba dormida y en otras estaba perdida. Al mismo tiempo, poniendo en práctica lo que se pedía en la carta que el prior general dirigió a los religiosos en el 2017, sobre la misión de Cuba; en la que proponía una misión inter congregacional.

La comunidad religiosa vivió esta realidad sin sobresaltos, con tranquilidad y serenidad, pues nos ayudó a reflexionar más en nuestro ser de agustinos recoletos, y específicamente, como misioneros en este pueblo cubano. Además, aprovechamos el tiempo haciendo algunos trabajos manuales en la casa donde residimos, combinando la oración, el trabajo manual y el trabajo pastoral.

Nuestra presencia en Cuba

Por otro lado, nuestra presencia en Cuba es significativa porque la realidad pastoral de la Iglesia cubana tiene muchas dificultades en varias dimensiones: En primer lugar, estamos en un país que nos es confesional, en una sociedad donde la religión ha sufrido muchos cambios significativos, hasta el punto de acabar con todo lo que se refiere a lo religioso. El pueblo cubano ha pasado por una serie de procesos dolorosos que han dejado huellas en la vida cristiana católica. Ahora somos minoría, y, desde esta minoría, seguimos sembrando la semilla del evangelio, aunque no veamos los frutos esperados.

En segundo lugar, el problema económico afecta a la toda la población cubana y por ende a la Iglesia también. En este sentido, hay poca iniciativa por parte de los fieles, muchos de ellos están sumergidos en la pasividad y eso no permite avanzar, se han acostumbrado a que todo les venga desde fuera, manifestando la falta de compromiso por parte de la mayoría. Sin embargo, la crisis se agudizó con el proceso de la unidad monetaria que estará vigente a partir de enero del 2021. El pueblo cubano vive en una enorme incertidumbre: han perdido la esperanza, no saben qué sucederá más adelante, parece que están entrando en un túnel donde no pueden percibir ninguna luz que les indique la salida.

En estos momentos de crisis es cuando nuestra presencia es más significativa. Es en esta realidad concreta, en la que tenemos que sembrar esperanza para ser profetas del Reino que anuncia la Buena noticia y escucha la voz de Dios en el clamor de este pueblo. Somos conscientes que acompañar en estos momentos no es fácil, pero confiamos en Dios, hecho niño, y tenemos la certeza que él será nuestra luz y encontraremos los modos para seguir contagiando alegría y esperanza en un pueblo desorientado y desesperado.

El apoyo solidario

Ante la situación económica, gracias al apoyo de ARCORES y otros bienhechores, que apoyan desde el silencio, hemos podido ayudar a las personas con la entrega de algunos vivires que podíamos conseguir; a otros, pagándoles el recibo de luz, agua; comprándoles el gas; o proveyéndoles de algunas medicinas, según la necesidad. Estas acciones, aunque sean pequeñas, son muy valoradas por las personas que están muy agradecidas. Nosotros también estamos satisfechos porque gracias a esa ayuda podemos compartir con esas personas que más lo necesitan.

Retiro de Adviento

No quiero dejar de lado la experiencia del retiro de Adviento que hemos vivido los cuatro religiosos en conjunto con los fieles de las cuatro parroquias y pequeñas comunidades de misión, preparándonos para la Navidad. Han sido momentos gratificantes para todos; ya que fortalece nuestro sentido comunitario y, a la vez, nos permite transmitir nuestro carisma agustino recoleto, que es la comunidad.

Me gustaría seguir motivando a los religiosos, y, a los que están en la etapa de formación, a apostar por la misión porque fortalece nuestra fe; nos ayuda a profundizar en la experiencia de ser agustinos recoletos; y porque nos recuerda que somos una Iglesia en misión. Es el Señor quien nos ha elegido para servir y acompañar a Cristo que se presenta en el indigente; en el que pide un pan; en el que levanta la mano, cuando pasas con el carro (porque llevan más de cinco horas esperando transporte y no encuentran); en el postrado que no tiene una cama para acostarse; en el enfermo que pide medicina y no tiene para comprarlo o no encuentra en ninguna parte; en el desesperado que necesita ser escuchado u oír una palabra de esperanza… Por todo esto creo que vale la pena tener esta experiencia de misión y, sobre todo, para fortalecer nuestra vocación de ser llamados y elegidos por Dios.

Que el «recién nacido» siga motivándonos a cada uno de nosotros, los religiosos, para seguir respondiendo con generosidad al llamado que el Señor nos ha hecho para vivir con alegría nuestra consagración, sembrando esperanza en las personas que viven desalentadas y decaídas.

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