Iluminados de nuevo y contagiados de alegría

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Bruno D’Andrea I La cruz de Cristo no siempre habla. Al menos no parece hacerlo como solemos esperar. La cruz de Jesús parece «esconder» e «iluminar»: por un lado, nos esconde las respuestas a muchas de las preguntas que nos hacemos en los momentos críticos, como por ejemplo, las más duras, las que tienen que ver con el sentido de la vida o con la presencia del mal y del sufrimiento en el mundo; por otro lado, también es capaz de ofrecer algo de luz, porque pasan los siglos y gran parte de la humanidad, especialmente en los momentos de crisis, se abraza a ella encontrando, en medio de súplicas, un poco de esperanza. Así parece ser la Cruz, llena de misterio, capaz de «callar» y «hablar» al mismo tiempo, mientras el Crucificado pende sin decir una palabra, y también de esta manera «habla» y «calla». Pero, ¿acaso en la crucifixión se resuelve toda nuestra fe? ¿Es en ese episodio dramático, el de la muerte en cruz de Jesús, donde encontramos la última razón para esperar? No. No lo es. Los creyentes de hoy experimentamos dentro del corazón lo mismo que llevó a creer a Pablo que si Cristo no resucitó, vana es la fe (cf. 1Cor 15, 14).

Pues bien, puede que sea el hecho de olvidar que la pasión y muerte de Cristo encuentran su última razón de ser a la luz de la Resurrección, lo que nos sucede cuando su cruz solamente parece «esconder» y «callar» respuestas. Me vienen a la mente los pasajes del Evangelio de Juan donde el discípulo amado aparece como aquel que sabe ver más allá de los resultados dolorosos de la Pasión y es capaz de creer que el Maestro, a quien seguía y amaba, había vencido la muerte. Pensemos en aquel pasaje donde lo vemos correr al sepulcro junto a Pedro y, al final, es de él que se dice que «vio y creyó» (Jn 20, 8), o como en aquél otro lugar del cuarto evangelio donde es el primero de los apóstoles en reconocer a Jesús que se les aparece Resucitado en lago de Tiberíades: «Es el Señor», dice el discípulo amado (Jn 21, 7).

En el día de Pascua, y durante toda la Octava, la cruz nos habla de nuevo, ya que nuestros ojos son iluminados con la luz del Aquel que sufrió en ella y lleva sus signos en el cuerpo resucitado. Esto explica la alegría pascual: vemos con los ojos del corazón lo que antes no podíamos entender y comprender.

La alegría pascual nos coloca de nuevo delante de la posibilidad de seguir eligiendo abrazar un camino que nos conduzca definitivamente a Dios. La alegría pascual nos llena de fuerza para seguir construyendo una humanidad mejor, comenzando por nuestras elecciones de cada día, con las cuáles podemos hacer brillar una luz esperanzadora para otros. La alegría pascual nos impulsará a volver a abrazar, a volver a perdonar, a volver a amar. Encuentro reflejado este mensaje en un texto bizantino antiguo, se trata de un verso escrito para Pascua:

«Este es el día de la resurrección: nos encontramos resplandecientes en la asamblea festiva y nos abrazamos los unos a los otros. Digamos, hermanos, incluso a los que nos odian, que perdonamos todo en el día de la resurrección y proclamamos a gran voz: Cristo resucitó de entre los muertos y pisoteó la muerte con la muerte (Heb 2, 15) y donó la vida a cuantos yacían en los sepulcros».

Quiera Dios que cada uno de nosotros podamos sentirnos iluminados de nuevo para perdonar, abrazar y amar de nuevo. ¡Ojalá nos contagiemos de la alegría pascual!

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