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Mons. Antonio Asis: «Nuestra vocación es la benevolencia de Dios para con nosotros, con la Iglesia y la Orden de Agustinos Recoletos»

A propósito de la ordenación de fray Max en Brasil

Por fray Tiago Coelho| Es una mañana alegre para la provincia de Santo Tomás de Villanueva. En cada vocación que surge, el Señor dice que ama a la Orden de los Agustinos Recoletos y a nuestra Iglesia.

Toda vocación es un acto de benevolencia de Dios hacia nosotros. Significa que el Señor ama el carisma agustino recoleto. Ese amor no es solo en la Amazonía, sino en todas partes y más allá de las fronteras.

Nuestra vocación es la benevolencia de Dios para con nosotros, con la Iglesia y la Orden de Agustinos Recoletos.  El sí de fray Max es fruto de esta gracia.

Tuve la oportunidad de vivir y servir junto a los frailes de la Orden, en el interior de Amazonas y en Manaus. Con esto en mente, quisiera destacar tres aspectos de la vocación sacerdotal, tres actitudes fundamentales.

La primera es: «Yo solo, no puedo llevarme a todo este pueblo», dice Moisés (Num 11,11). Es la actitud de humildad; somos siervos y no podemos servir solos; el sacerdocio no puede llevarse solo, ni la vocación matrimonial.

El Señor que nos llamó nos precede; la belleza del sacerdocio sobrepasa nuestras fortalezas, va más allá de nuestros talentos y virtudes. “Llevamos este tesoro en vasos de barro” (2 Cor 4.7). Vencer mi fuerza, como Moisés, significa ser frágil. ¿Por qué pesaba el sacerdocio sobre Moisés y sobre nosotros? Porque lo que viene de Dios es pesado, consistente, no liviano.

El segundo aspecto de la vida sacerdotal se da cuando nos vaciamos de la vida contemplativa y nos convertimos en meros trabajadores sociales. Como pastor necesitamos cuidar a la gente, tener compasión, ser profetas, eso a veces pesa. Porque tenemos varias dimensiones en nuestro sacerdocio. Necesitamos ser una presencia afectiva con los hermanos de la comunidad, entre la gente, para acoger y sanar, para ser un hospital para la gente. Estamos llamados a ser hospitalarios.

Un tercer aspecto de la vida sacerdotal, en forma de pregunta, es: ¿Qué evitar? Autorreferencialidad, soberbia, clericalismo, querer llevar al pueblo solo; ser un sacerdocio de nariz alta, que vive un egoísmo solitario, que genera un «egoísmo» solitario.

“Todo sacerdote es tomado de en medio del pueblo” (Hb 5,1-10) para servir al pueblo. Sería una gran contradicción tener un sacerdote con una nariz puntiaguda; un caboco que mira a los demás con orgullo. Se necesita conciencia de igualdad, hermandad. Aun así, actitudes de servicio, compasión por la gente. Si perdemos esta dirección, nos llenaremos de fantasías. Miremos la actitud de Jesús, pobre siervo humilde, hasta la muerte de cruz.

«Jesús envió a sus discípulos de dos en dos». Es decir, el sacerdocio tiene una dimensión fraterna, comunitaria. Somos seres llamados a la fraternidad entre los hermanos; ninguno de nosotros sirve de forma aislada. De ahí la cultura del encuentro, la unión y la proximidad.

Estamos llamados a crecer en la capacidad de amar, de compartir nuestras alegrías y sufrimientos. Necesitamos compartir con los hermanos, nuestros superiores, nuestro obispo. Compartimos los desafíos de la misión en nuestra comunidad religiosa y también con la gente.

Estamos llamados a compartir sueños y alegrías. Desde el compartir, asumo el compromiso de la animación vocacional. Necesitamos mirar hacia arriba, hacia nuestro futuro y no hacia abajo. Ésta es la dimensión “futurista” del sacerdocio. Que el Señor te conceda Fr. Max, perseverancia y fidelidad.

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