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Fray Francisco Hernáez: «He tenido la suerte de haber vivido una época importante para la pastoral de nuestra Prelatura de Chota»

El agustino recuerda su trabajo en la costa y la sierra de Perú   

Nicolás Vigo | Fray Francisco Hernáez, padre Paquito, como se le conoce, cumplió el 29 de junio de este año, 50 años de ordenación sacerdotal. Años que los ha vivido en el Perú.

Para conocer un poco más acerca de su historia de vida entregada a la Orden recoletosstv.com conversó con él.

  1. P. Paquito, acaba de cumplir Bodas de oro, 50 años de ese sí que dio a Dios, en Salamanca, en 1970, ¿Cómo se siente cuando mira atrás y hace el recorrido por su historia sacerdotal?

Me siento sorprendido por la rapidez con que han pasado 50 años. ¡Cómo corren los años! Parece que fue ayer cuando llegué a Chota en el autobús de «la Sánchez» a las 11 de la noche. Ahí estaban esperándome, en la plaza de Armas don Abel Carvajal y el P. J.J. Jubera, y en la parroquia un perrito, el Pipo, que ladró como era su deber cuando vio a un extraño que entraba y que no conocía.

  • 2. ¿En qué lugares ha repartido estos 50 años?

Pienso, que, si el tiempo ha pasado tan rápidamente es señal de que no he estado aburrido. Mirando atrás veo muchas personas y lugares que puedo fácilmente ordenar.

Mi primer destino fue la parroquia de Chota y Lajas, 4 años; después, Huambos y Llama, dos años; Santo Tomás y Pimpincos, 2 años.

Mi primera bajada a la costa fue a Chiclayo, unos meses. Y después a Lima: Miraflores, Pueblo Libre y La Caridad, en suma 5 años. Y de vuelta a la sierra, a Tacabamba, 3 años.

La segunda bajada a la costa fue a la parroquia que me había recibido en Perú: Santa Rita de Casia, 2 años. Terminé en la parroquia de Ntra. Señora de La Caridad donde estuve 6 años como párroco.

En la tercera subida a la sierra el viaje fue más corto: me quedé en Huambos y Cochabamba con el padre Julián Montenegro y Fr. Hugo Lara, allí pasé 6 años. La Orden dejó la parroquia de Huambos y fui destinado a Chota, a Radio Santa Mónica, allí estuve 10 años.

Después de un descanso, nunca imaginado ni pedido, en España, en Salamanca (en donde había terminado los estudios eclesiásticos y donde me ordené de sacerdote en 1970), volví a Perú. Esta vez a Cajamarca, en julio del 2016. Y, aquí, en Cajamarca he cumplido los 50 años de sacerdote. Mucho tiempo, muchos lugares, muchas personas. Agradezco a Dios por todo.

  • 3. También ha estado muchos años en Radio Santa Mónica, ¿Cómo recuerda ese trabajo?

Recuerdo esos 10 años con cierta añoranza. Apenas tres días después de la llegada de Huambos, en una reunión con la nueva comunidad: Alfonso, Jacinto, y José Luis me propusieron como trabajo ayudar al padre José Luis en Radio Santa Mónica. Yo, inocente, recién llegado, dije que sí a la propuesta; y al día siguiente, aprendí la primera lección: levantarse a las 5 de la mañana y subir con José Luis a la Radio para comenzar por aprender cómo se ponía en marcha aquel laberinto de aparatos desconocidos, transformadores, computadoras, grabadoras etc. Y así comencé a aprender cosas nuevas.

Lo cierto es que jamás pensé que un día iba a tener que estar al frente de una emisora. Me gusta la música, conocía la sierra y el trabajo en pueblos y campos, pero el mundo de una emisora es muy variado. En fin, todo se anduvo. Gracias a todas las personas con las que trabajé. La radio no es cosa de uno solo.

Creo que mi mejor preparación para la radio fue el conocimiento de este mundo de la sierra con sus gentes y el deseo de ofrecer como sacerdote, algo que toda persona tiene derecho a exigirme y esperar de mí: que a través de la radio les ofrezca una palabra de luz, de aliento, de ánimo para nuestra fe cristiana y católica. La radio multiplica los mensajes. Es un medio excelente para la evangelización.

  • 4. ¿En qué lugar se sintió más feliz? ¿Hay querencia por algún lugar?

Lo más llamativo de mi vida sacerdotal ha sido la cantidad de lugares en los que me ha tocado estar. Siento que en todos ellos he encontrado gente buena y acogedora. Tengo un recuerdo especial de Chota y Lajas, Santo Tomás y Pimpincos. De Chota y Lajas porque viví allí los cuatro primeros años de sacerdote. Santo Tomás y Pimpincos eran entonces los lugares más alejados, pero la gente era muy buena y acogedora. Cuando salí de Santo Tomás lo sentí mucho, pues pensaba que era un adiós definitivo a la sierra; pero no fue así.

En la costa, la parroquia de Nuestra Señora de la Caridad en Lima, es allí en donde más tiempo he permanecido. Los fieles han sido siempre muy colaboradores. Así lo hemos sentido todos los que hemos tenido la suerte de trabajar en La Caridad.

  • 5. ¿Cómo describe a su pueblo, San Millán de la Cogolla?

Soy nacido en este pequeño pueblo de la Comunidad autónoma de La Rioja, en España.  En el monasterio, que hoy es parte de nuestra Orden de Agustinos Recoletos, se conservan antiguos escritos que nos demuestran que allí comenzó a hablarse y escribirse una lengua que sería universal: el castellano.

San Millán es cuna del castellano. El pueblo está a la salida de un valle con vegetación generosa. Su clima es muy agradable sobre todo en los calores del verano. Muchos agustinos recoletos somos de este pueblo.

  • 6. Usted ha visto cambiar a la Prelatura y al Perú, ¿Cómo describe este proceso?

He tenido la suerte de haber vivido una época importante para la pastoral de nuestra Prelatura de Chota. Nuestros primeros agustinos recoletos ya habían trabajado mucho y bien, desde su llegada en los años 40. Ellos y los Hermanos del Apostolado de la Oración, «los Apostolados» fueron como la levadura del Evangelio. Había mucho campo para seguir trabajando y los años sesenta y setenta, llegaban a la sierra grupos numerosos de sacerdotes jóvenes recién salidos de nuestro teologado de Salamanca. Había campo abundante y fértil y había agricultores. Teníamos que seguir sembrando y cosechando.  

A principios de los años 70, se organizó más aún el trabajo pastoral, que ya existía. Hermanos del apostolado, cursillos de formación cristiana, catequistas, publicaciones mensuales, semanales. Folletos de catequesis sobre los sacramentos, otros de promoción familiar y social. Eran publicaciones muy sencillas, pero bien trabajadas para ponerlas al alcance de los catequistas. También se hacían visitas a los catequistas en sus comunidades, reuniones zonales de catequistas y promotores de salud.  

La asistencia a La Promesa del sagrado Corazón de Jesús, los primeros viernes de mes, tenían muchas confesiones y comuniones. Era del día mensual de renovación de los hermanos.

Todo el trabajo estaba coordinado con todas las parroquias en las reuniones que teníamos con nuestro Obispo.

Con la distancia de los años, la perspectiva es más exacta y completa. Se descubren claramente circunstancias providenciales. Tierra preparada, fértil y agricultores. Todo fue y es obra de Dios. Y más aún lo es la cosecha, sobre todo vocacional. Hoy, hacer aquel trabajo de evangelización, hubiese sido más difícil de realizar. Nos tocó el tiempo favorable.

  • 7. ¿Qué recuerda de los viajes misioneros de finales del siglo XX?

Hoy hay más facilidad para visitar las comunidades, gracias a la movilidad y a las carreteras; aunque sólo algunas son asfaltadas. Un buen caballo o una buena mula han sido, hasta no hace muchos años, el único medio, lento pero seguro, para llegar a las comunidades.  

Aquellos viajes «en bestia» de hace ya años, daban tiempo para pensar mucho, para grabarse en la memoria el paisaje, para componer alguna canción, para rezar, hasta que llegabas al lugar que estaba siempre «ahí no más» …

Hoy, debido a la pandemia en la que estamos, hemos tenido que sustituir la cercanía física con los fieles con otros medios de comunicación modernos. Hay que dar gracias a Dios al disponer de ellos. Bien sabemos que no pueden sustituir a la presencia real de la comunidad y de los sacerdotes.

  • 8. ¿Cuál es la historia o anécdota que más recuerda?

Son muchas, algunas accidentadas. Pero solo quiero dejar constancia de la primera salida a caballo de Tacabamba a Chetilla. Montaba a caballo después de unos cinco años en la costa. El camino a Chetilla era empinado. En algún trecho era parecido a una escalera con peldaños de piedras irregulares. Me trajeron un buen caballo, fuerte, no era de carga sino de silla. Al verlo pensé que los hermanos de Chetilla me habían buscado una buena movilidad.

Y no me equivoqué. De paso ligero, subía los escalones de piedra, sin dudar, cada pata era colocada en el lugar justo y sin detenerse…y sin brusquedad… Sentía al buen caballo como una fuerza que me aupaba con decisión, pero con suavidad.

Al llegar al final de la cuesta descansaba unos segundos y seguía «como si nada» … Así era la quebrada antes de llegar a Lascán, a mitad de camino. Y no había mejor medio de transporte para subir. Tuve suerte. Otra cosa es cuando te toca un caballo lerdo.

  • 9. El Perú y el mundo han cambiado, ¿Cómo lo ve?

Con esperanza. El Perú tiene grandes valores, uno de ellos es precisamente que no se rinde ante las dificultades porque no pierde la esperanza.  Pocos pueblos del mundo tienen que luchar contra tantas dificultades; por ejemplo, geográficas. Ojalá sepamos apreciar esos valores y dejar de pensar que siempre todo lo importado es mejor. Mucha basura viene de fuera bajo apariencia de falsa modernidad o «progresía». Si no valoramos la riqueza material del Perú y la riqueza humana y cristiana de este pueblo milenario tendremos el peligro de seguir «sentados sobre un banco de oro».

10. ¿Cómo se ha sentido durante la pandemia?

Aún no pasa la pandemia. Estamos a empezando agosto de 2020.  Nos cuesta aprender. Tenemos que querernos más para cuidarnos más.

11. ¿Qué espera el P. Paquito para después de la pandemia?

Cambiar y no volver a la normalidad, si por «normalidad» entendemos volver a los mismos errores, que, como humanos, todos las personas y pueblos tenemos. Es verdad que no hay pueblo en el mundo que esté preparado para una pandemia como la que sufre; pero no hay que esperar a estas situaciones, que ponen en evidencia las carencias que se arrastra la justicia social; por ejemplo, la honradez personal, el destierro definitivo de la corrupción, la fe cristiana auténtica.

Hay que recordar que, cuando enfrentamos un gran reto, aflora lo mejor; y a veces, lo peor de cada uno. ¡Que triunfe lo mejor!

Mientras podamos pongamos cada uno nuestra aportación personal para crear un mundo más humano y, en definitiva, más cristiano.

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