Agustinos Recoletos
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Salvar el corazón

Fray Lucilo Echazarreta | La realidad esencial de la nueva era viene definida por la palabra “cambio”. Esencia y cambio son una antítesis o una contradicción, pero funciona. Nuestra sociedad no es que cambie, sino que es cambio.  La nueva sociedad líquida presenta constantes mutaciones y nos hace subir a su tren de alta velocidad sin decirnos a dónde nos conduce.

A este respecto, recuerdo aquella antigua viñeta de Mafalda girando asustada con la esfera del mundo mientras gritaba: “Que paren el mundo, que me bajo”. Los cambios van más a prisa de lo que el hombre estaba acostumbrado a asimilar. Oímos con frecuencia: cuando he entendido algunos de los sistemas de internet, ya han sido sustituidos por otros; en la empresa empecé haciendo una labor, pero ahora estamos inventando nuevas actividades que nada tienen que ver con la inicial. Así nos movemos en un mundo hiperacelerado que nos hace nadar en la incertidumbre. La sabia y escéptica Mafalda, hace muchos años también, hizo célebre aquella expresión: “Ahora que me había aprendido todas las respuestas… van y me cambian las preguntas”.  ¡Así estamos! Corriendo en un mundo centrífugo que aturde y despectivamente nos grita: ¡O reinventarse, o morir!  ¡Crear o perecer!

Pues bien, con la pandemia las variaciones de sistemas sociales se aceleran aún más, como si esta Caja de Pandora, Covid-19,  hubiera sido  para  el mundo una bomba de tiempo. La pandemia no sólo ha cumplido los pronósticos de la sociedad líquida mutante, sino que está siendo un acelerador de los cambios. De esta conmoción mundial originada por el “virus viral” van asomando  novedades estructurales definitorias del futuro:  mayor porcentaje de trabajo realizado en casa, descenso de la producción en sedes de empresas, multiplicación de los empleos vía internet, robotización de las labores,   lanzamiento definitivo de la educación en  presencia virtual, descenso vertiginoso de la educación presencial, descarte de un alto número de  trabajadores, autoformación y formación continua personalizada, aumento del desempleo, creación rápida e imaginativa de nuevos trabajos, incremento de la  iniciativa individual, y un largo etcétera.

Se nos está llenando el tiempo de reuniones virtuales, parroquia a distancia, aprender en casa, colegio on-line… Vamos a tener que reinventarnos y sacar cada uno nuestra mejor versión, vamos a tener que acostumbrarnos a lo continuamente inédito. Andrés Oppenheimer, analista social reconocido, al poco de explotar la pandemia Corona Virus, publicó un libro en que presenta estos cambios laborales que nos están entrando ya por las ventanas, y lo hizo con este título: “Sálvese quien pueda”. Así es, efectivamente, estos cambios nos van a poner en una tesitura de carrera, de competición darwinista, de lucha, de continua inventiva personal. No son tiempos buenos para cardíacos. Ya lo avisaba el refrán: Pez que se duerme se lo lleva la corriente. La sociedad empieza a perder los frenos arrastrada en este río desbocado.

Entre los cambios que este virus -rápido y furioso-  va a producir, nos preocupa uno que afecta de manera especial a la psicología del hombre. Dicen los expertos que de esta situación larga de cuarentena que nos ha acostumbrado aún más a lo virtual, al abrazo distante, a la misa por internet, al trabajo en casa, a los afectos por emoticones, y a las clases académicas en mi cuarto privado, vamos a salir todos más pegados a las pantallas que a las personas, más individualistas que antes, más distantes y acostumbrados a la frialdad virtual. Ese es el gran virus que seguramente tendremos que afrontar en el futuro próximo llamado ahora la nueva normalidad. El individualismo conlleva indiferencia y falta de amor. Dice san Agustín que “al que no ama, le resultan indiferentes la vida y la muerte”.

El virus nuevo que se prevé muy próximo y altamente contagioso puede ser la falta de amor, esto es, el distanciamiento de corazones, el encerramiento en el ego, la lucha tribal entre países.  Una vez más, jóvenes, sociedad, educadores y familia, tenemos que acudir a los laboratorios de interioridad agustiniana para prevenir la salud de nuestro espíritu. Si salvaguardamos el amor, hemos salvado al hombre, porque, como dice san Agustín: “En el corazón soy lo que soy”. En este punto del siglo XXI no hay retorno, no podemos ya decir: “Que paren el mundo, que yo me bajo”, con Mafalda; sino hacer con san Agustín un proyecto global de salvar el amor en cada persona. La nueva vacuna que debemos empezar ya a producir se llama: “Salvar el corazón”.

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