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¿A qué tengo miedo? ¿A mí mismo?

WILMER MOYETONES I Estamos viviendo en un tiempo en que no es raro oír: ¿Cuándo volveremos a la normalidad? ¿Salimos o no salimos de esta? ¡Ya falta menos! Más, en realidad; ¿a qué tenemos miedo? Hemos experimentado un largo tiempo de confinamiento, que para algunos habrá resultado oportunidad para muchas cosas en su vida; a otros, sin embargo, les habrá sido semanas y meses insoportables. Estamos anhelando volver a la normalidad. Pero en este momento hemos de preguntarnos a nosotros mismos: ¿Pretendemos vivir como antes o hay deseo de cambiar? ¿Qué entendemos por normalidad?

¿De dónde nos viene ese miedo de verdad? ¿Realmente le estamos teniendo miedo al virus, o el miedo está motivado a estar con nosotros mismos? ¿Temor a la novedad, a un cambio de vida, porque estamos acostumbrados a lo seguro, a la rutina, a lo ordinario, a las prisas que son las realidades que nos proporcionan seguridades vanas? Pensando fríamente, nos engañamos a nosotros mismos, ya son estructuras para una construcción que nos proteja a nosotros mismos, que nos defienda de los demás e incluso del mismo Dios.

Esta pandemia ha sido en verdad oportunidad para el silencio, la reflexión, la interioridad, para poder ahondar y conocer de nuestro ser, al que pocas veces prestamos la atención debida.

Esta pandemia ha sido en verdad oportunidad para el silencio, la reflexión, la interioridad, para poder ahondar y conocer de nuestro ser, al que pocas veces prestamos la atención debida. Ha sido la ocasión para pensar acerca de de nosotros mismos, la oportunidad de mirarnos por dentro. Tal vez esto haya podido ser precisamente unas de las razones del miedo. En efecto, mirarnos a nosotros mismos es darnos cuenta de lo que realmente somos; comprobar nuestras debilidades y carencias; ver todo lo que hay dentro de nosotros, y reparar en nuestras limitaciones o puntos débiles. Somos propensos a que nos consideren fuertes, distinguidos. El dar impresión de vulnerabilidad como que nos asusta, y nos cuesta sentirnos así, y que los otros nos vean tales; preferimos vivir confirmando las expectativas de los demás sobre nosotros.

Sin duda, estos meses y la realidad vivida nos han brindado la oportunidad de ir creciendo desde adentro, de vernos como somos y aparecer sin tantos ropajes, sin refuerzos endebles por fingidos. Todas esas estructuras ocasionales no contribuyen a una vida en la verdad ni en la autenticidad. Ciertamente la pandemia ha sido oportunidad para hacer turismo interior, aprender a vernos por dentro y descubrir nuestra originalidad que seamos capaces de mostrar a los que se hallan a nuestro lado.

No pocas veces considera que más que miedo al COVID-19, tememos mostrar nuestro ser auténtico. De ahí que ahora cuando por esta parte del globo se vive la desescalada —lo que algunos llaman “volver a la normalidad”—, podría decirse que no ha ocurrido nada, porque seguimos dentro del mundo de la superficialidad, del consumismo, del bienestar, incluso del individualismo, ya que pensamos solo en nosotros mismos, y no reparamos en los demás. Se han retomado los festejos, los encuentros de todo tipo, todo cuanto denominamos estado de bienestar: “estar bien conmigo mismo”. Pero con todas estas son las trampas que nos tendemos al mostrar una falsa imagen de lo que realmente somos, seguimos viviendo en el mundo de la apariencia y estamos dejando a un lado la autenticidad.

Cabe resaltar, empero, que en la situación vivida no ha sido totalmente negativa. Hemos de señalar destacar la capacidad de valorar los buenos momentos compartidos las personas que más amamos. Asimismo, somos capaces de actitudes que antes no mostrábamos y que estamos en disposición de dispensar ahora, como las visitas a nuestros mayores y las mesas fraternas con allegados y familiares.

Atrévete a verte tal cual eres… Arroja la conducta de antes, la del hombre viejo que se corrompe por los deseos engañosos; renueva la mente por medio del espíritu, y revístete del hombre nuevo, creado a imagen de Dios por medio del don que nos hace justos y a la santidad verdadera.

Como conclusión: Hemos empezado a retomar el ritmo de vida, dejemos de anhelar vivir con la “normalidad” pasada. Es hora de cambiar, de hacer cosas diferentes, de buscar actitudes renovadas que nos conviertan más humanos, más personas, y capaces de vivir las relaciones personales más profundas y sinceras; que nos mostremos tal cual somos; marginemos la superficialidad y expresemos la profundidad de nuestra vida. Manifestemos que realmente somos, personas sinceras y que andan en la verdad. Como dice nuestro padre san Agustín, en el hombre interior habita la verdad. Para poder llegar hasta ahí, hemos contado con esta oportunidad y la hemos aprovechado en estos tiempos de confinamiento.

Atrévete a verte tal cual eres. ¿Por qué tienes miedo de conocerte como Dios te ha creado? Arroja la conducta de antes, la del hombre viejo que se corrompe por los deseos engañosos; renueva la mente por medio del espíritu, y revístete del hombre nuevo, creado a imagen de Dios por medio del don que nos hace justos y a la santidad verdadera. Por eso, despojándose de la mentira, que cada uno diga la verdad a su prójimo, porque somos miembros unos de otros (cf. Ef 4, 22). No desaproveches la oportunidad de disfrutar de tu vida interior, esa será la normalidad que debemos vivir después del COVID. Que podamos vivir una normalidad con un corazón nuevo.

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