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Resiliencia: la oportunidad para renacer

Nicolás Vigo | El ser humano necesita ser resiliente. No puede vivir en el fracaso ni el sufrimiento: se alienaría. Su pensamiento demanda ser flexible para poder adaptarse al mundo cambiante y singular. Este, además, debe ser elástico y dinámico.

He empezado este artículo con conclusiones contundentes, no suele ser mi estilo. Confieso que es un artificio retórico para explicar el sentido de la resiliencia a mis lectores. Quiero lograr que ella se haga cotidiana, natural y espontánea en su vida.

Vayamos por partes. ¿Qué es esto de la resiliencia? Boris Cyrulnik, resiliente de piel y cicatriz, define la resiliencia como «iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma». No puede haber definición más sencilla y a la vez tan completa. ¿Cómo así?

Los traumas hilvanan la historia de mucha gente. A veces esos hilos son invisibles, como fibras sintéticas, incoloras; y otras veces, son tan visibles, como raíces de árboles tropicales. En realidad, son las heridas las que hacen que la vida sea una galera oscura y opresora.

¿Qué hacemos si nuestras llagas son tantas y nuestras historias todas lúgubres e hirientes? La respuesta es sencilla: empezar otra vez. Hacernos de nuevo. Como diría Nicodemo: «¿Se puede?» la afirmación de Jesucristo fue magistral: «Tienes que nacer de nuevo». Ahí está el secreto del «renacer». Solo el hombre que logra reinventarse a sí mismo conquista la felicidad.

El nacer de nuevo (renacer) nada tiene que ver con el pasado. Es más bien una actualización necesaria y audaz. Una apuesta por el futuro. Se trata de cortar todo lo que relaciona con «lo sucedido» para lanzarnos a un horizonte nuevo: «lo recreado».

Esta novedad ignota debe trizar el ancla esclavizadora de nuestro pasado. Solo con un tajo enérgico -y generoso- al vínculo del «trauma» permitirá el renacimiento.

«Iniciar un nuevo desarrollo» es seguir viviendo. Es creer en el futuro y en la vida. Apostar por el movimiento y el ser. Se trata, pues, de renunciar al lamento y a la queja; al victimismo y al fracaso; al regodeo lastimero y al disfrute del dolor.

Ana Frank escribe en su diario, algo molesta, renegando de la personalidad de Peter: «No comprendo a los que dicen «soy débil» y se resignan a mantenerse débiles. El que tiene conciencia de su debilidad, debe procurar superarse y corregir su propia naturaleza».

En la vida necesitamos ser fuertes de emociones. Reponernos una y otra vez de los fracasos y decepciones. De hecho, tenemos que saber lidiar con ellos. Requerimos ser visionarios audaces que saben extraer solo lo valioso de las zurras existenciales que caen sobre nuestras espaldas.

Todos los días tenemos guerras memorables que nos desafían a diario. Son batallas épicas que trazan nuestro futuro. Estas facciones bastardas del hombre, no se ganan con otra cosa más que con las decisiones sabias. Filtradas por el cedazo seguro de lo lógico y racional. Ellas son los instrumentos más sofisticadas y efectivos para coleccionar batallas victoriosas.

Está demostrado que la vida es una lucha y que solo los luchadores sesudos y sabios lograrán catar con éxito el sentido de la vida. Los demás, engrosarán ese ejército incontable de muertos vivientes. Aquellos seres que pasan su vida rascándose sus llagas y restregándose sus heridas, imbuidos en una inconsciente delectación, casi enfermiza.

Por ello, para la vida feliz tenemos una sola opción: convertirnos en resilientes: hombres renacidos. Entrenados para la vida, la felicidad y para ser generadores de otros procesos de «desarrollo» en los demás.

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