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¿Dónde está Dios en estos tiempos de coronavirus?

Fray Roberto Mason | En medio de la pandemia del coronavirus, muchos se preguntan: “¿Dónde está Dios?”, o también “¿Qué nos está diciendo Dios por medio del coronavirus?”

Hace muchos siglos el pueblo elegido de Dios se encontraba en una situación límite: se moría de sed en el desierto y llegó a preguntarse: “¿Está el Señor en medio de nosotros o no?” (Ex 17,7). Hoy el Pueblo de Dios se encuentra igualmente en una situación límite, en que, delante de la avalancha de sentimientos de pánico, miedo, ira, tristeza, confusión y desesperación, puede tener dudas al preguntarse sobre el sufrimiento causado por el coronavirus: «¿Por qué Dios permite la pandemia?, ¿qué finalidad puede tener esta pandemia?, ¿Es un castigo?, ¿Qué debemos hacer o dejar de hacer?, ¿Por qué está sucediendo esto?, ¿Hay que pedirle milagros? … ¿Dónde está Dios ante el coronavirus?”

En tales circunstancias, debemos evitar dos polos: primero- dejarnos dominar por los terroríficos y casi morbosos noticiarios televisivos y, segundo- escuchar solamente las voces positivas y esperanzadoras y crearse la ilusión de que todo va a pasar mágicamente. Estamos ciertamente delante del problema del sufrimiento y delante del misterio del mal, una cuestión con la que muchos santos y teólogos han tratado durante milenios y han ofrecido diferentes respuestas, sobre todo desde la perspectiva religiosa. Pero, más allá de ver el sufrimiento como una prueba, o como un castigo, nos debemos involucrar en la respuesta. Aquí recuerdo la enseñanza de san Agustín: “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti”. Dios, nuestro creador, es un misterio; por otro lado, sabemos que somos creaturas de Dios y que por amor nos ha creado libres. 

La pandemia del Covid-19 cambió nuestros planes y colocó en jaque mate nuestras tantas certezas. Dios, como desde siempre, en la historia de la salvación, quiere que comprendamos que la vida es más importante que los afanes de la agenda, donde se valora más lo creado que al Creador. ¿Qué pasó con la agitada agenda?, ¿Qué pasó con la famosa frase “¡apúrate que no tengo tiempo!”? Para volvernos verdaderamente a Él, debemos valorar la vida. Dios quiere que comprendamos que los amigos, el trabajo, las riquezas, los lujos, los viajes, las posesiones son una parte de los dones de Dios, pero no el todo; que el descanso del alma es más saludable que el afán. No venceremos el temor con nuestras propias fuerzas. Este es un buen momento para recordar que Dios es nuestro refugio y que podemos acudir a Él en cualquier momento (Salmo 46).

Debemos ser más honestos con nuestra ignorancia porque el delirio de la omnipotencia y de  la auto referencialidad es un gran peligro para todos. La respuesta más honesta y precisa a la pregunta de por qué el virus Covid-19 está matando a miles de personas y por qué hay sufrimiento es que… ¡no lo sabemos! Repito: ¡No lo sabemos! Esta es la respuesta más honesta y precisa. Consideremos que, como creyentes que somos, no nos podemos olvidar de Dios porque sin Él todo colapsa y no tiene sentido. La ciencia no es – ni puede ser – una amenaza a la fe en un Dios personal, creador y redentor del hombre. Verdad que no tenemos respuesta para todo porque la realidad de cada día nos dice que no todo se puede explicar y que hay cuestiones que sobrepasan a la inteligencia humana. 

Hacemos preguntas para encontrar las respuestas. Pero, no busquemos solamente explicaciones; vamos también encontrar soluciones. En la realidad del coronavirus y el problema del sufrimiento, preguntarse“¿porqué?” no es suficiente porque la realidad pide una actitud concreta: “¿para qué?”. Esta es la actitud del modelo de Jesús, Nuestro Salvador. El Pastor que cuida de su rebaño, el médico de las almas, Jesús, nos habla en todo momento y cuando uno presta la debida atención, puede escuchar su voz. En el Evangelio vemos que Jesús no se queda en el “¿por qué? Él vivencia el amor de Dios en el “¡para qué!”: para iluminar las mentes y los corazones en la confianza de un Padre infinitamente bueno, dueño de la vida humana. Como Señor de la salud y de la vida, Jesús puede sanar a tantos afectados y conceder vida eterna a los miles de fallecidos. 

Creemos que Jesús es completamente divino y completamente… ¡humano!; pero en ocasiones pasamos por alto la segunda parte. En estos tiempos aterradores encontramos consuelo al saber que cuando seguimos Jesús, seguimos a alguien que nos entiende no solo porque es divino y sabe todas las cosas, sino porque es humano y lo ha experimentado todo. El corazón de Jesús se conmovía cuando veía una persona necesitada, y actuaba de acuerdo. Este es el modelo de cómo debemos cuidarnos durante esta crisis: con corazones conmovidos y actitudes concretas. Uno puede no entender por qué muere la gente, pero uno puede seguir a la persona que da un patrón de vida. De hecho, Jesús de Nazaret nació en un mundo de enfermedades y la mayoría de sus milagros fueron curaciones de enfermedades y discapacidades.

Nuestro “hogar común” está herido – y lo tenemos que cuidar; estamos todos heridos – y tenemos que cuidar unos de los otros… para construir un mundo nuevo. Esta epidemia se puede convertir en ocasión de renovar la vida, más sencilla, más colaboradora entre todos, más solidaria, más respetuosa y con más sensibilidad hacia todo, porque todo está interconectado, incluso lo divino con lo humano. Creemos que Dios siempre está con nosotros, y espera que colaboremos con la obra de la creación, y construyamos un mundo de fraternidad. 

¿Dónde está Dios? En tiempos de Coronavirus, Dios se hace presente de manera especial y específica. Dios, a través de Jesús, se hace presente en la gente que sufre, en la gente que muere, en los enfermeros y enfermeras y personal sanitario que cuidan con cariño a las víctimas de esta pandemia; está en los científicos, en los que rezan, en usted y en mí. El Dios de la esperanza y de la misericordia nos llama a vivir en Su amor y confiar en Él.

¿Qué nos está diciendo Dios por medio del coronavirus? Él que nos ama día y noche y cuida de nosotros, nos lleva a cuidar de los más necesitados porque somos creados a Su imagen y semejanza. Como nos enseña San Agustín, el Dios que nos creó sin nuestro aporte, no nos salvará sin nuestra colaboración. Después de estos días, saldremos de las tumbas de nuestros hogares para volver a una vida nueva, como Jesús. 

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