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¿Cómo enfrentamos la pandemia en los Andes? ¿Y si rezamos juntos?

Mons. Fortunato Pablo Urcey, oar | Pues la verdad, como podemos. Ante todo queremos ser muy respetuosos con las normas que nos va dictando el Gobierno. Nos ha costado bastante convencernos de ello. Los primeros días mucha gente pensaba que se trataba de unas vacaciones. No había clases, no había que salir a trabajar –aunque hubiera que hacerlo en la casa– no había grandes compromisos. Los fines de semana los adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes pensaron que podían seguir practicando el deporte y lo que suele venir después del deporte, claro, que se podía salir en la noche…

Poco a poco nos hemos ido dando cuenta de que el asunto es serio, muy serio, serísimo. Y ustedes saben que no exagero. Nos hemos dado cuenta de que el número de infectados y de muertos va subiendo de día en día. Felizmente en nuestros Andes la pandemia va llegando con retraso, pero llega. Ha llegado. Y cuando uno pone nombre y apellidos a un ser querido víctima del COVID–19, la cosa cambia. ¡Vaya que si cambia!

Considero muy importante no interpretar este hecho doloroso como castigo de Dios. «Diosito no castiga». Nos ha hecho libres. Son las primeras palabras inspiradas de nuestro Himno Patrio: «Somos libres, seámoslo siempre». Y cuando empleamos mal la libertad, cuando organizamos la vida y el mundo al margen de Dios, cuando desbaratamos la casa común, cuando no escuchamos el clamor de los pobres, porque hemos organizado la economía mundial sin tenerlos en cuenta… suceden cosas como esta. Todavía no conocemos las causas de la pandemia. Posiblemente no las conozcamos nunca, pero, por favor, no le echemos la culpa a Dios.

No le echemos la culpa, más bien estemos dispuestos a invocarle. Nos lo recuerda la Biblia: «Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha y lo salva de sus angustias». Invocar al Señor, orar, sí que son posturas dignas y necesarias, porque hay mucho dolor en nuestro mundo, porque seres queridos ya no están con nosotros, porque han muerto sin nuestra presencia, sin nuestra caricia. Hace unos días me comentaba un sobrino: «Lo que más pena nos ha dado, tío, es que padre muriera sin estar ninguno a su lado». Mucho dolor que nos ha de llevar a invocar al Señor.

Me dan mucha pena los niños. Aquí en la casa del frente hay dos hermanitos,  Xiomara y Yerick  que no llegan a los diez años y que pasan muchos momentos asomados a la ventana. Cuando salimos al patio nos llaman: ¡Padresito!, como pidiendo que les echemos una mano para que puedan salir. ¿Qué entenderán ellos de ese «Yo me quedo en casa»? Me contaba un hermano de las preguntas de su nieto. –Abuelo, ¿y por qué no podemos salir a la calle? –Porque no se puede. –¿Y por qué  no se puede? Porque está mandado. –¿Y quién lo ha mandado? –La autoridad. –¿Y porqué lo ha mandado? / Qué difícil acallar las preguntas de un niño.

Lo cierto es que los niños sufren esta encerrona. Ellos quieren volver a la escuelita, jugar con los amigos, que la mamá les compre un helado cuando los busca para tomar el almuerzo, pasear con los papás el domingo, visitar a los abuelitos, que seguro les esperan con la propina… ¡Tantas cosas! Todo menos estar tantos días, tantas semanas, ya para dos meses encerrados.

Imagino que los papás tendrán que armarse de paciencia para mantenerlos entretenidos, porque el celular, las maquinitas, la tele… terminan cansando, aburriendo. Papás, ¿no será esta una ocasión buena para rezar con sus hijos, para hablarles de Jesús, de nuestra Madre la Virgen María a quien invocamos como Patrona de Chota? Pero, cuidado, cuando sus hijos se porten mal no les digan nunca «Diosito te va a castigar». Diosito no castiga. Diosito es un Padre Bueno. Diosito es nuestro Padre. Nos lo dijo Jesús. «Cuando oren digan: Padre nuestro que estás en los cielos.

Buena oportunidad la que nos brinda el COVID–19 para rezar con los hijos esta preciosa oración que salió de los labios de Jesús: Padre nuestro. Y si les hablamos de la Madre, buena oportunidad para rezar a su ritmo con el saludo y las palabras de ángel Gabriel: Dios te salve, María. Les invito, padres de familia, a que aprovechen este tiempo para rezar con sus hijos. Lo que se aprende de labios de los papás vale para toda la vida.

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