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En Semana Santa, más unidos que nunca

I Bruno D’Andrea I No dejo de pensar que a muchos de nosotros nos va a resultar extraña esta Semana Santa. La pandemia nos va a impedir celebrar nuestros sacramentos, al menos como lo hacíamos de costumbre: en nuestras iglesias, con solemnidad, en presencia de los hermanos, junto a nuestro sacerdote amigo, etc. De más está decir que no se va a recorrer las calles con el Nazareno ni tampoco se va a salir a comprar flores para celebrar la resurrección de Jesús. No hay dudas, será una Semana Santa atípica. Sin embargo, en estos días me han consolado las palabras de san Atanasio que ya en el siglo IV subrayaba que la celebración del Triduo Pascual era capaz de reunir en una misma fe a los que estaban separados. Para mí sus palabras hoy cobran un sentido muy particular:

«Esta fiesta nos sostiene en medio de las miserias de este mundo; y ahora es cuando Dios nos comunica la alegría de la salvación, que irradia de esta fiesta (…) Esto es lo admirable de esta festividad: que él reúne para celebrarla a los que están lejos y junta en una misma fe a los que se encuentran corporalmente separados» (ep. 5, 2).

Quizá sea esta una oportunidad en la que podamos redescubrir la esencia de la liturgia, es decir, el sentido último de una nuestras celebraciones. ¿Qué es lo que vamos a hacer delante la pantalla de nuestro ordenador cuando veamos celebrar online al sacerdote de nuestra parroquia? ¿Qué significará ver celebrar el Triduo Pascual al mismo Papa Francisco a través de internet o televisión? ¿Qué hace que nuestra celebración sea válida y participativa, sino el hecho de unirnos a Jesús en su sacrificio de amor? Muchos de los ritos no se van a realizar, ni tú ni yo vamos a poder celebrar, al menos dentro de un templo, la Cena del Señor del Jueves Santo, la adoración de la Cruz el día Viernes y ni siquiera vamos a poder celebrar la Vigilia Pascual en presencia de nuestros hermanos, sin embargo, podrán no realizarse todos estos ritos a los que estamos acostumbrados, pero no faltará –no debe faltar- el amor a Jesús entregado por nosotros, que nos une a su propia entrega. Acerca de este Jesús sacrificado dijo Pablo: «me amó y se entregó por mi» (Gal 2, 20). Por eso, no lo dudes: vamos a estar unidos al Papa, a nuestros familiares y amigos, a nuestros hermanos de la parroquia o movimiento, por medio del verdadero sacrificio de amor.

Recuerdo que el Papa Emérito Benedicto XVI, resumiendo el pensamiento de Agustín, decía:

«por ello san Agustín podía decir que el ‘sacrificio’ verdadero es la ciudad de Dios, es decir, la humanidad convertida en amor, que diviniza la creación y que es la ofrenda del universo a Dios: a fin de que Dios sea todo para todos (1 Cor 15,28), esa es la meta del mundo, esa es la esencia del ‘sacrificio’ y del culto» (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, Madrid 2007, 66).

Agustín solía llamar a la Iglesia, Ciudad de Dios, pues bien, ella cuando se entrega a su Dios en las obras auténticas del amor y, por su puesto, en la Eucaristía uniéndose a su Salvador, entonces ella se convierte, y nosotros nos convertimos, en liturgia viva, auténtico culto de adoradores «en Espíritu y en verdad» (Jn 4, 23-24). Bajo esta perspectiva, podemos ver, en medio de esta situación difícil por la que pasamos, una verdadera oportunidad para comprender en profundidad la esencia de la liturgia de la Iglesia católica. Quizá así lleguemos a experimentar y a redescubrir lo más importante, que:

«los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él» (Papa Francisco, catequesis 8-11-2017).

Misa en directo por Instagram

Te dejo unas hermosas palabras de San Agustín en las que puedes ver que mucho de los ritos –incienso, ofrendas, etc.- se pueden transformar, por medio de una actitud espiritual y profunda de amor a Dios, en liturgia del corazón, que se vive en comunión espiritual con toda la Iglesia:

«Cuando nuestro corazón se levanta a él, se hace su altar: lo hacemos propicio con el sacerdocio de su primogénito; le ofrecemos víctimas cruentas cuando por su verdad luchamos hasta la sangre; le ofrecemos suavísimo incienso cuando en su presencia estamos abrasados en piadoso y santo amor; le ofrendamos y devolvemos sus dones en nosotros y a nosotros mismos en ellos; en las fiestas solemnes y determinados días le dedicamos y consagramos la memoria de sus beneficios a fin de que con el paso del tiempo no se nos vaya introduciendo solapadamente el olvido; con el fuego ardiente de caridad le sacrificamos la hostia de la humildad y alabanza en el ara de nuestro cuerpo» (ciu. 10, 1,3).

Ojalá se realice esto en nosotros. Dios quiera que nuestro corazón se convierta en «altar» durante esta Semana Santa y así podamos sentirnos más unidos que nunca por medio del fuego ardiente del amor.

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